El hombre que tenía un diente


Noche primaveral en Rosario, un grupo de amigos se juntó en una previa eterna. Pizza, cerveza e inacabables conversaciones.
Pedro, muchacho morrudo, el más grande de los cuatro, preguntó si alguien quería un chocolate, que él lo iba a comprar.
Luis, Mario y Walter, respondieron que no pero con un rotundo sos un gordo!.
La reunión fue por los caminos deseados, 1 cajón de birras, 2 pizzas y 4 horas de previa la convirtieron en una buena previa para salir sin rumbo, aunque implícitamente eso significaba ir al mismo bar de siempre, Támesis.
Por suerte, estos 4 muchachos no decían la gastada frase “la noche está en pañales” pero para cualquier otra persona, en ese determinado momento, la noche estaría en pañales.
Camino al bar, Pedro contó que a su perro Rocco, un perro muy pequeño que como hazaña más destacable realizó el acto de subirse a unos escalones para tener sexo con una perra bóxer llamada Lola, lo habían atacado 2 dogos y que lo habían abierto por todos lados y que obviamente, estaba muy jodido. Los otros 3 humanos, endiosaban a Rocco así que se sintieron muy apenados pero ya estaban llegando al bar, así que no dejaron que la mala noticia afectara a la noche.
En el bar, Luis y Mario, salieron disparados a la pista, ellos eran encaradores natos, cual pelota de básquet iban rebotando hasta convertir el punto, en cambio, Pedro y Walter, eligieron la barra, ellos eran de la clase de humanos que hablan por horas acodados en ella hasta que deciden ir a dar una vuelta para ver alguna que otra mujer solitaria o deseosa de hombres.
Luego de unos minutos de haberse despegado de la barra y casi terminando la vuelta, una mujercita pequeña, morocha y descarada, decidió convertirse al ritmo de Vilma Palma en el queso del sándwich. Ella era muy buena en el arte de calentar las pavas y ellos muy malos en el arte del deseo. Insinuaciones, franeleo, caricias, besos en los cuellos, el 2 contra 1 iba perfecto, caricias, apoyadas, apretadas, picos, manoseos, manotazos y como era de esperar, el sándwich se quedó sin queso, así que Pedro y Walter se quedaron bastante calientes y decidieron ir a tomarse una birra a un bar de Pellegrini. Unos metros antes de llegar al bar, un adolescente alcoholizado, les preguntó la hora pero ellos no llevaban ningún reloj.
Tomando la birra muy lentamente y sintiendo como el refrescante líquido enfriaba el esófago pasó el adolescente borracho y le pegó una patada a un inocente perro callejero que dormía plácidamente en el medio de la vereda y a un metro de Pedro y Walter, que inmediatamente se miraron y al segundo Walter le dijo a Pedro, le pegó al perro y medio dubitativo pero sabiendo la respuesta soltó un “vamos a darle?” y Pedro, amante de la piña, golpeó la mesa con las 2 manos y salió disparado hacia el adolescente borracho que ya les había sacado 50 metros. Corriendo lo alcanzó, y sin que el adolescente se enterara, Pedro lo agarró de la nuca y lo sorprendió con un puñetazo en plena boca, Pedro no lo soltó pero con su mano izquierda fue acompañando la caída agarrándolo de la nuca. Una vez que el adolescente cayó al piso, Pedro se convirtió en una ametralladora de puñetes, cuando Walter llegó, entre la risa que le daba la situación y la oportunidad de pegarle a un adolescente, decidió mezclar carcajadas y puñetes directos a la cara.
Llegó el cocinero del bar e intentó frenarlos pero Pedro, justificaba cada golpe con la frase “pero mira como está” y la piña o la patada llegaban al cuerpo del adolescente.
Una vez que terminó y en plena caminata de regreso a la mesa, el cocinero dijo “menos mal que no fui yo el que le pegó al perro porque si no me bajaban el diente”, sonrió y mostró su único diente, un incisivo derecho.
En la mesa, la cerveza los esperó intacta.

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