Nació, lo llamaron Juan Pablo Segundo en
honor al papa y por que era el segundo Juan Pablo de la familia.
Su infancia estaba marcada por una vida
religiosa intensa, nunca se perdió un domingo de misa, un domingo de ramos o
cualquier evento que se realizara en la iglesia del pueblo.
Fue parte del pesebre viviente, fue niño
Jesús, oveja, cabra, pastor, Pedro, Baltasar, árbol, fue todo menos Maria.
También fue Jesús de Nazaret, llevó la
cruz de madera alrededor de la plaza, mientras otros devotos, le pegaban con
látigos ficticios, también lo crucificaron y le tiraron con una lanza, que en
lugar de una punta tenía una sopapa para que haga ventosa y se quede pegada en
su cuerpo.
Llevó laureles en el domingo de ramos de
todas las pascuas. Comió pescado y verduras y nunca carne durante semana santa.
Pero su más resonante hazaña religiosa,
fue cuando tenía unos 14 o 15 años. Como buen adolescente, iba a caer en la
tentación de autoamarse. Encerrado en el baño, sentado en el inodoro y con una
revista viva que en la tapa estaba Susana Jiménez, empezó la aventura de darse
placer. Subía y bajaba esa intrépida mano hasta que el cosquilleo llegó y el
producto salió expulsado generando una sensación de placer nunca antes
experimentada. Tal vez la sensación de máximo placer que Juan había tenido fue
cuando lo crucificaron y con la soga que le ataba las manos le hicieron una
importante quemadura en las muñecas, que él luego soñaría con que eran
estigmas. Pero en ésta oportunidad, encerrado en el baño había sentido una
especie de placer que a pesar del gran regocijo, le hacía crecer demasiado la
culpa.
Es así que una vez limpiada toda la
escena, fue inmediatamente a confesarse con el cura Roberto, quién lo eximió de
toda culpa y Juan se fue en paz. Aunque nunca más caería en esas tentaciones.
Entre los 18 años y los 32, paso su vida
como misionero, esparciendo la palabra del señor por todos los rincones de
Argentina y luego Sudamérica.
Como era lampiño y de poca barba, fue a
Hair Recovery para implantarse la barba de Jesús y generar más confianza en su
palabra.
Cuando cumplió 33, pensó que eran sus
últimos 365 días para hacer las más grandes obras de caridad, salvó a un pueblo
entero de la sequía, salvó a una familia de un incendio, construyo iglesias por
doquier. Los días iban pasando pero él no hacía ningún milagro y el carnet para
entrar al club de los 33 no llegaba.
Cumplió 34 y nada pasó.
Algunos dicen, que se
cambió el nombre y es cacique en una tribu en África pero otros, creen que Dios
lo castigó con una irreparable calvicie por querer ser como Jesús y no crear su
propia religión.
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